Comentarios de los jurados

La filosofía de la Deconstrucción se entendió en arquitectura como un formalismo experimental y llamativo. De todas maneras, la gramatología de Jacques Derrida es un método ultra modernista, pues pone todo el sentido en las relaciones entre las palabras de un texto más que en lo que “significa” ese texto: la forma de enunciar es el significado de un texto. Al alejarse de la geometría euclidiana, los arquitectos deconstructivistas llegaron a sólidos asimétricos y a texturas compuestas de diversos materiales, exageradas si se las compara con la lisura ascética de la arquitectura modernista. A mediados de la década de 1980, Derrida colaboró en un proyecto con el arquitecto Peter Eisenman para remodelar el parque de La Villette en París, proyecto que no fue construido, pero quedan las maquetas, dibujos y cartas entre los dos autores, cartas de antes y después del proyecto, pues compartían la amistad. En una de esas cartas, el arquitecto le pregunta al filósofo: “¿Cómo puede uno afirmar que ciertos problemas urgentes como la falta de viviendas o la pobreza no son asunto de la arquitectura en mayor medida que puedan ser asunto de la poesía o la filosofía sin sonar insensible?”[1] Eisenman se refiere a que la experimentación formal es parte del desarrollo social: el desaburrirnos y sorprendernos con las artes es parte de la dialéctica del progresismo, una idea muy diferente a la que tienen muchos neo marxistas actuales, que quieren volver todo igual, ya sea por ahorrar costos o por pura ignorancia del desarrollo y funcionamiento de las formas. En el proyecto de La Villette, por ejemplo, no solo se habría de inclinar el suelo, ubicar módulos asimétricos aquí y allá o permitir las circulación subterránea pero bañada de luz natural, sino que esas misma experimentación formal era una alusión al pasado, presente y futuro de un parque cargado de historia, todo para producir una nueva ubicación espacio-temporal del visitante que evitara el usual edificio cerrado sobre sí mismo, como pasa casi siempre con la arquitectura que no es experimental.

Peter Eisenman y Jacques Derrida. Maqueta para La Villette. 1987.

En el trabajo final de pregrado de Bryan Duarte, Un lugar del color (2019), sucede algo similar. El notable texto del trabajo -escrito como cuento- presenta cuatro temporalidades que, mediante colores, aluden a décadas precisas y tipos de arte: Naranja: décadas de 1950 y 1960, Surrealismo pictórico abstracto y Abstracción pospictórica; Gris: década de 1970, Minimalismo y Conceptualismo; Magenta: el Barroco; y Cyan: el Renacimiento. En la obra, grandes “paletas de pintor” parecen reposar -a veces volar- sobre algo, sea sobre un panel o pedestal, o sobre simples listones. Solo en un caso hay un “edificio” autónomo. Es difícil colegir que los colores citados arriba, que aluden a épocas y movimientos artísticos, funcionan igual en la obra, aunque en ella aparecen todos. Más bien, como en el anti-programa deconstructivo, las pinturas, colores y bases emancipan el desorden, no el caos, y no hay una lectura cerrada de Un lugar del color, como lo anticipa el mismo título del trabajo.

La Deconstrucción, y el posestructuralismo en general, permitieron más bien un barroquismo, una estética que Omar Calabrese llama Neobarroco[2], donde la necesidad de matar la metafísica, necesidad enunciada por Nietzsche, se materializa en la desaparición del autor y el original, la citación continua de lo que se pensaba original en el pasado, la mediatización permanente y sin jerarquías de todo tipo de información, y en la supremacía del Kitsch sobre la vanguardia, han llevado a reemplazar lo metafísico por el deseo. El deseo, emancipado desde la década anaranjada de 1960, es el trasfondo inmanente del Neobarroquismo, la inversión -aunque todavía no totalmente- de la metafísica occidental. Precisamente, Deseo se llama el proyecto pictórico que acomete el personaje central del relato de Duarte: Chinito, quien en Cromatilandia busca comunicar la sensación de vivir libremente en la era Neobarroca.

El deseo había comenzado a liberarse antes de la Era Naranja de Duarte, aunque fue durante ella que logró salir de la privacidad del sujeto, globalizarse e invadir todos los aspectos de la vida. Chinito lo vive y lo vive desde lo surreal, pues su gran guía iconográfica es Antoniomattaecahurren:[3]

La pulsión de muerte es anatema de la afirmación surrealista de amor, liberación y revolución… Al menos, si lo surreal está atado a lo inquietante, también está atado a la pulsión de muerte. … al final, el Surrealismo, el automatismo surrealista sugiere no tanto liberación como compulsión, así que el surrealismo celebra el deseo puro….[4]

Eso está bien, pero la liberación del deseo surrealista, la Deconstrucción y lo neobarroco en general, podrían arrojar a la humanidad hacia un precipicio anómico. Un lugar del color representa la liberación de los deseos y experimentación formal de Duarte, pero también deja en el aire la duda, viejísima y surreal, de sí el deseo es la meta de la experimentación formal, o si al volverse el deseo espectacular, también se desencadenará la muerte de la experimentación formal, la muerte del arte crítico ahogado en la globalización del Kitsch.

 


[1] Citado por Carolina del Olmo en “Arquitectura posmetáfísica. Entrevista con Peter Eisenman”.

https://www.circulobellasartes.com/revistaminerva/articulo.php?id=481

Consultado el 20 de junio de 2019.

[2] Calabrese, Omar. La era neobarroca. Madrid: Cátedra, 1989. (Original de 1987).

[3] Conocido fuera de Cromatilandia como Roberto Matta.

[4] Hal Foster. Compulsive Beauty. Massachussets y Londres: 1993. Página 11. Mi traducción del inglés.

Bryan demostró en su proyecto de grado un alto nivel de compromiso con su propuesta. Fue ambicioso en términos de producción, esto se reflejó en la cantidad de objetos y sus dimensiones. Indagó, hasta cierto punto, en el espacio arquitectónico del salón, buscó relaciones entre su trabajo y el lugar donde se mostró, lo cual propició una conversación interesante entre el estudiante, los asesores y jurados.

En cuanto a el tratamiento de la pintura, su aplicación, las formas, el soporte, el tamaño son consecuencia de su intención, de un deseo, que puede y debe ir más allá. Cumplido este requisito con éxito, es momento de que Bryan deje ver más a Bryan en su pintura. La invitación es a seguir investigando desde la pintura y sus posibilidades.

El texto fue acertado, tanto en la forma literaria como en el contenido, yo recomendaría trabajarlo un poco más, pensando en que en un futuro ese material pueda acompañar la presentación de su práctica artística.