González #521

Diatriba: sobre los cursos de 8 semanas

¿En qué momento llegaron estos cursos de 8 semanas que abundan, se abren y se cierran —cuando uno menos lo piensa—, casi no dejan pensar y tienen al cuerpo estudiantil corriendo siempre disperso de aquí para allá? 

Hace unos seis años vi que uno de esos cursos apareció en el pregrado de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes. Recuerdo que se decía que era una opción para ganarle tiempo a estudiantes y docentes, un alivio temporal mientras se hacían las reformas en todos los pregrados que prometían menos cursos, menos horas, más autonomía y un cambio real en las formas de aprender y de enseñar para dejar atrás las viejas jerarquías de maestros y pupilos encerrados en salones (y además sin internet). 

Con esa alternativa selecta de cursos se quería paliar en algo el dictamen de la sobrecarga: el embrutecimiento producto de la perversión de un sistema educativo. El empobrecimiento escolar de una educación millonaria que se refleja, por ejemplo, en lo que le dijo un grupo de estudiantes extranjeros a un vicerrector académico luego de terminar su semestre de intercambio en las cimas de los Andes: “nunca habíamos estudiado tanto, pero aprendido tan poco”. 

Desde hace más de una década se recortaron los pregrados de 5 a 4 años pero no se recortó el número de materias. La normalidad pasó de un techo de 5 o 6 cursos al semestre a nueva normalidad que rompió el techo del sueño estudiantil: 7, 8 y hasta 9 materias por semestre. Una sobrecarga que parece incluso ilegal pues el día tendría que ser de 48 horas y las semanas de 14 días para poder cumplir con la suma del tiempo exigido y cursar los créditos y las horas de trabajo presencial más el trabajo autónomo. Un sistema pedagógico mal diseñado tiene sus efectos: un océano de conocimiento con un centímetro de profundidad, trampa, plagio, estrés, problemas de sueño, consumo de drogas para aumentar el rendimiento, inmadurez emocional, culpa, ansiedad, infelicidad, mediocridad con título.

Con estos cursos de 8 semanas se prometía un alivio momentáneo mientras llegaban las anheladas reformas, un beneficio coyuntural que se extendía a la planta profesoral que ahora podía alternar su carga de cursos en dos ciclos, tener uno o ningún curso en un período de 8 semanas, dos o tres en el otro ciclo. Bajo este malabar el tiempo de permanencia en clase disminuye para el profesor de planta por un período largo que, sumado a los meses sin docencia del periodo intersemestral, convierten este oficio en un empleo casi ideal: el profesor sin clase, el profesor de planta de una universidad de élite que expresa su investigación y creación bajo el subsidio de familias trabajadoras que todo lo dan para subsidiar el privilegio de la libre expresión y ascenso en la carrera profesoral de esta clase alta intelectual.

Las reformas por fin llegaron, sí, pero plagadas de cursos de 8 semanas. Lo que era un alivio temporal o la excepción, se trucó en institución. Los cursos de 16 semanas ahora son el bicho raro y se ven a la merced de los cursos de 8 semanas que marcan el semáforo y el corre corre de un semestre roto, golpeado y fragmentado por 2 ciclos, por dos periodos diferenciados de entregas del 30% y por dos periodos de exámenes reducidos a una sola semana y unos cuantos días (a diferencia de los periodos anteriores de 16 semanas, con dos y casi tres semanas para exámenes). 

Cuando alguien dijo que el cuerpo estudiantil iba a resentir esos ajustes, la respuesta de un profesor de planta fue que pronto se acostumbrarían a la implementación y que en un plazo de unos cuantos semestres ya nadie recordaría la posibilidad de otro sistema de balance de cursos. Los cursos de 8 semanas ahora parecen como si siempre hubieran estado ahí y plantear otro modo de estudio, como un curso de 16 semanas, con 4 créditos y dos sesiones semanales de 3 horas, es un imposible: no hay espacio en la malla curricular para incrustar un curso así y, si lo llega a haber, a pocas personas entre el alumnado les cuadra o le conviene en el horario —es tan profusa la cantidad de cursos de 8 semanas que bloquean y desfavorecen este tipo de combinación—.

En las reformas hubo una reducción de créditos, sí, pero no necesariamente de materias pues la planta que hizo las reformas siempre procuro ver sus cursos propios y su área de experticia ahí, tal vez con menos créditos y horas de presencia en el salón pero con una obligatoriedad que le garantice a este cuerpo profesoral privilegiado el puesto estudiante y la apariencia de ser por siempre y para siempre indispensable.

El alto costo de la matrícula, el confuso sistema de comunicación y la mala asesoría, sumado al credo del alto rendimiento, hizo que muchos estudiantes optaran por hacer dobles programas y esto, sumados a las reformas que poco reformaron, más bien se ajustaron a los hábitos de la planta, cerraron esta historia que hoy vivimos: la de estos cursos de 8 semanas que abundan, se abren y se cierran —cuando uno menos lo piensa—, casi no dejan pensar y tienen al cuerpo estudiantil corriendo siempre disperso de aquí para allá.

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