Un objeto que termina cariñoso

Cuerpo de cilindro alargado, sólido y a la vez rugoso. De un color verde oscuro, un verde de selva profundo, un oscuro verde oliva selvático indomesticado. A la vista parece homogéneo, un verde liso, pero el tacto delata su intento de esconder una textura fibrosa, de canales microscópicos de madera. Es un tronco que se esconde en clorofila, un tronco que no necesita de hojas porque su fin es otro, y cuya delicada textura solo es apreciable con las yemas de los dedos. De un extremo delgado se va ensanchando hasta llegar al cuello. Si me concentro en su extremo podría pensar que es un color, un lápiz, pienso que podría ser un bate en versión miniatura. Si el extremo son los pies, entonces subimos a su torso regordete, que dice ¾ , que dice Lion Studio, para así terminar llegando a su cuello.

El cuello brilla, refleja mi rostro, pero en un tono que no se decide si es dorado o bronce. Por su forma el reflejo dibuja unas líneas de tonos contrastantes pero satisfactoriamente simétricos, no se distingue nada de lo que muestra, solo reproduce patrones de luz y oscuridad vertical. Es un cuello metálico, suave y liso, y por eso tal vez menos interesante al tacto que el cuerpo. Pero el dinamismo de su forma lo mantiene interesante, llamativo, divertido al intelecto. En su base se inserta el cuerpo, el cuello lo abraza y lo sujeta. Y es en esta zona de empalme donde este tiene dos acanaladuras horizontales, dos anillos de oscuridad que aseguran que el cuerpo no se desprenderá de su agarre. En esta zona aún la forma es cilíndrica y continúa ensanchándose, pero si seguimos subiendo, siguiendo su forma con los ojos y los dedos, vemos como este ensanchamiento cambia de propiedad. Es un movimiento doble, de ensanche y de aplanamiento. Lo que era antes un cilindro se convierte abruptamente en un grueso plano, todavía metálico, todavía brillante, pero de apariencia disonante con lo que venía siendo. A pesar de esto, la transición es elegante, evidente, aunque pareciendo inevitable, natural. Toda la forma iniciada en el extremo del cuerpo y su progresión hacia el cuello recoge un momentum y una expectativa preparadas para este cambio, este punto de ensanchamiento máximo y plano. Es de este borde plano metálico de donde surge su cabeza, la parte más bella y fina, una cabellera perfectamente peinada y rígida.

Esta cabellera es color amarillo ocre, un amarillo no muy natural, un amarillo soleado, pero del color del sol antes de su resplandor, como si el sol no alumbrara pero aún así fuera amarillo. No es una cabellera larga, y si no fuera porque algunas puntas de sus pelos comienzan a separarse y mostrar desgaste, esta cabellera, en su uniformidad lisa y compacta, parecería un sólido. Sus pelos son fuertes y vigorosos en su verticalidad. No quieren separarse entre sí. Forman una unidad consistente, rígida y a la vez flexible. Esta parte es la más satisfactoria para los sentidos: es suave, es tierna, es placentera, es cariñosa, es frágil. Para el tacto son caricias de la más delicada finura. Me paso sus fibras por las yemas de los dedos, por los nudillos, por las palmas y las muñecas, por la nariz, por los cachetes, por las orejas y por el cuello. Son caricias adictivas. Esta corta pelamenta es el fin de este objeto, tanto física como teleológicamente: todo el cuerpo y el cuello están hechos alrededor de esta, buscan llegar a esta. Y hasta aquí llegamos nosotros también, nos despedimos de las fibras cariñosas de este pincel.

Isaac G. L.
Febrero de 2021