Recuerdos de un tránsito de libros por mi vida

Me acuerdo de una tarde soleada en el parque, y las últimas páginas de Gatsby.

Me acuerdo de saber, al cerrar el libro con los sentimientos alborotados, que este me acompañaría toda mi vida, y de encontrar por fin el amor en clavar los ojos en un texto.

Me acuerdo de un Jazz al Parque soleado, ojeando una estantería de libros y leer el nombre de S. Fitzgerald.

Me acuerdo de comprar ese pequeño libro de tapa dura sin saber lo que encontraría, bajo el título de Tales of the Jazz Age.

Me acuerdo de aquellas vidas no vividas, cargadas de nostalgias robadas, en cada página que recorría del mismo, y de desear que si algún día fuera a escribir, ojalá fuera con la precisión y el carisma de Fitzgerald.

Me acuerdo de su olor a perfume por un liquido que se regó en mi estantería.

Me acuerdo de prestárselo a Riwa y con gran fascinación recomendarle mis historias favoritas, y advertirle del curioso olor y de la necesidad de un diccionario.

Me acuerdo de Sebastian y Riwa dentro de su camioneta, parqueados ‘donde Charlie’, que me leían su Spleen de Paris en francés, explicando y traduciendo cada verso que no lograba tener sentido para mi.

Me acuerdo de que Sebastian me regaló mi propia copia en español y leíamos turnados cada poema, con entusiasmo y vívida exageración.

Me acuerdo de que yo le presté mi libro de Demian, esperando que se reflejara tanto como yo lo hice, y aún no me lo ha devuelto.

Me acuerdo de cuando lo compré, y Demian y Hesse me hicieron compañía en incontables trenes en Europa.

Me acuerdo de que quien me lo recomendó fue Rodolfo Masías, mi profesor de Problemas de la Investigación Social.

Me acuerdo de que me dijo que lo buscará en el mercado de libros temporal que había en el parque de los periodistas.

Me acuerdo de que, a pesar de no encontrarlo ahí, tropecé con M. Benedetti y La Casa y el Ladrillo, y con J. L. Borges y su Historia de la Eternidad, dos libros aún enigmáticos.

Me acuerdo de prestarle el Benedetti a Laurane, una decisión torpe pero bien intencionada.

Me acuerdo de que ella, un día antes de regresar a Francia me lo devolvió acompañado del Spleen de Paris en francés, el libro que leímos juntos al lado de los microondas del J, algunos meses antes.

Me acuerdo estar al lado de esos mismos microondas leyendo a C. Bukowski con morbo curioso, incómodo en sus párrafos, historia tras historia.

Me acuerdo de comprarlo pensando que sería similar a Hemingway, anticipación infundada después de leer el The Old Man and the Sea que me prestó Sebastian.

Me acuerdo de ese mismo día haber comprado Do Androids Dream of Electric Sheep? de P. K. Dick y así llegar a amar más una de mis películas favoritas.

Me acuerdo de que gracias a Dick llegué a F. Herbert, y pude visitar la inmensidad de Dune, encontrando así un gusto incipiente en la ciencia ficción.

Me acuerdo durante los primeros meses de pandemia salir al parque para verme con Martin, y discutir incansablemente sobre esos futuros tan terriblemente seductores.

Me acuerdo de que mientras esperaba a que llegaran las secuelas, solo posibles por internet, en un impulso de impaciencia me refugié en L. Tolstoi y F. Dostoevsky.

Me acuerdo de encontrar en estos personajes rusos un impulso religioso que nunca me supo dar otro libro.

Me acuerdo de la compañía durante el confinamiento de Raskolnikov y los Karamazov, de ser sus cómplices y su acusador.

Y me acuerdo de estas semanas de enero, acompañado de la Légèreté de Kundera que me entretiene los minutos antes de dormir.

Me acuerdo de su simple y bella dedicatoria, un último regalo de Naïcy antes de partir.


Me acuerdo de esto y de mucho más, de libros como medio y como excusa.

Me acuerdo de la humildad de su presencia, de su paciencia tímida y de su resiliencia al clima en tantas mochilas y morrales en los que los he cargado.

Me acuerdo de sus marcas y doblones, y de sus intrusivos rayones a lápiz en partes que estimo de importancia vital.

Me acuerdo de las breves dedicatorias políglotas, que le dan unicidad al libro, lo vuelven auténticamente mío y le agregan la responsabilidad de su lectura.

Me acuerdo de ver mi alma como si fuera un espejo, de medir mi profundidad con sentimientos inexplorados al ritmo de cada párrafo.

Me acuerdo de perderme y buscarme, de entenderme y construirme al compás de los capítulos de aquellas novelas bellas que ahora cargo en mi ser.

Me acuerdo sentir con fervor, de reír, de llorar y de amar, palabra por palabra, de moverme infinitamente dentro de mi imaginación.

Me acuerdo de los libros prestados y discutidos, de los no leídos y de los desperdiciados, de los repetidos y de los no-comprados.

Me acuerdo de libros que me marcaron y de muchos que creí olvidados.

Me acuerdo de los libros como compañía y como medios de amistad, como recuerdos y como regalos, como fantasías y como retazos robados de memoria.

Me acuerdo de esto y de mucho más, y con alegría aguardo a los libros que en su momento llegarán.


Isaac G .L
Febrero de 2021