Recordé un morado más profundo

Me acuerdo de Perú.. y el constante viento, como un susurro reconfortante dentro de corazones huecos. Logré volver a sentir el sol en la cara. Eran pocos los leones marinos pero toda la isla olía a mierda. Recuerdo las bandadas de pájaros que cagaban pedacitos de verde manzana y azul cielo en el tobogán que va de los ojos al sentimiento. Recuerdo la gratitud por una alegría efímera que se había perdido entre la niebla meses atrás. Sentí lo salado del aire y el pelo del gato en el café soleado frente al mar. Quería una ginebra. Me caí por las escaleras de piedra emparamadas por andar emputada, y el decidió pedir una alpaca. Recuerdo pensar que no tenía gracia, pero cada quien actúa como se le venga en gana.. Terminé siendo yo quien se comió su culpa. Se movía lentamente haciendo del almuerzo un rito pesado, yo no comía animales pero la forma en que se sintieron ellos la terminé absorbiendo yo. Él se puso histérico porque yo estaba estresada. Me ahogué entre principios chocados y falta de espacio, y de soledad, y de tiempo. Estaba presa de nuevo en la puta jaula imaginaria. Esas noches decidió aparecer, iba y venía como si nada, sin peso físico. Ya estaba cansada. Recuerdo pensar que era un descarado. Me pregunté por qué jodía tanto, ¿por qué no podía dejarme en paz?

Sé que la luz de la luna tocaba las persianas y acariciaba suavemente mis pies y la maleta a medio hacer. Me acompañaron los monstruos eléctricos con la neblina del desierto. Él tenía miedo, yo por alguna razón estaba tranquila. Sentí los círculos negros de sus cuerpos en movimiento y los ojos clavados en nosotros al pasar dentro de un vehículo desconocido, en una carretera vacía. Acabábamos de volver de esa otra dimensión.. extraño los videos al haber entrado. Ese día pensé haberme enloquecido. Dejábamos la capital para ir a caminar entre cenizas y pequeñas brasas. Me revitalizó la historia y energía del lugar. La niña me pidió que le regalara mi libro, fue ahí, esa noche aparecieron blanca y panchito. Recuerdo cuando la encontré, nunca había querido comprar una piedra.. después decidió irse.  

Me tocaba la luna en los pies. Sentí estar sola, queriendo pensar que alcanzaba a oír el pacífico chocando contra las rocas de la misma forma que lo hacía el corazón. Olvidé fingir no extrañar. Toqué la puerta pero al entrar estaba vacío y por eso me perdí. Se sentían lejanas, las estrellas.. perdidas.. un poco. Estaban seguras de que siempre estarían, ella supo que lo eran todo y no lo eran nada. Sentí cuando renovaron la promesa de siempre acompañarme. Soñé morir para conocer Antares. Volví y decidió hacer una nueva visita. No le importó carecer de invitaciones. Estaba viviéndolo de nuevo, en el sueño, volando, estando más allá que acá. Me embrutecí intentando hablar de lo que no se podía ni se puede. Cayó un maíz al suelo, y ahí empezó el morado. Se lo comía el añil y vivía en una aspiradora. Volvió a atacar el agujero de gusano. Probé el ceviche de ese lugar un día antes… puta estaba excelente. Quise volver al tren y los laberintos del mercado de pulgas, con un frío y lluvia que por primera vez no odié. Me sentí renovada por la jungla y lluvia nueva. Volví a esa mañana en el bus viendo amanecer en las colinas. Quise saltar de la montaña y caer hacia el valle y el río. Imaginé emprender un vuelo lejano buscando un espejo y algún ungüento sanador mágico. 

Recordé sumergirme frente al muelle y no ver nada, fue liberador. 

SOFÍA SALAMANCA