Partimos de lo que vemos

Siempre partimos de lo que vemos. Criticamos esa primera impresión, sin saber qué se esconde detrás de la persona. Vemos la apariencia física, la ropa que lleva puesta, la forma en que habla, qué palabras usa, qué temas le interesan, qué música escucha. Esa primera impresión cambia con el tiempo. La primera vez que vi a mi mejor amiga no me cayó bien, probablemente porque éramos muy parecidas, las dos teníamos cara de culo y nos sentiamos intimidadas. Con el tiempo esa sensación fue cambiando y hoy en día no la recuerdo como la persona que me transmitía miedo.

Sigo recordando esa primera impresión, la revivo cada vez que conozco a alguien nuevo. Mi cara normal es mi cara de culo. Si me ves en la calle no te estoy mirando mal, no tengo nada contra ti, estoy perdida en mis pensamientos mientras escucho música. Mientras espero que el semáforo cambie veo como pasan los carros, siento que el tiempo es eterno. Siguen pasando y la luz roja no aparece, quiero ver la luz roja y pasar la calle. Es el último semáforo que tengo que pasar para llegar a mi casa. Me asusto con las personas que están a mi lado. Me intimidan, siento que me van a robar. Yo sé que soy paranoica. Desconfío de cualquiera, se ven bien vestidos, no parecen llevar ese tipo de vida, no siento que tengan esa necesidad. Pero desde chiquita me metieron ese miedo y no se me ha quitado. No es miedo, es desconfianza. Hasta ahora no me han robado y mi tía me dice que el día que ella dijo “Nunca me han robado” la robaron. Cada vez que siento esa desconfianza pienso en ella, no quiero tener su misma suerte.

Solo me faltan dos cuadras para llegar a mi casa. Camino rápido, no corro. Trato de actuar normal, al menos eso es lo que me gusta creer. Solo pienso, “No me roben, no me roben”. No entiendo porque tengo esa frase en mi cabeza, al fin y al cabo estoy caminando sola, no hay nadie alrededor. Este sería el momento perfecto para relajarme antes de llegar a mi casa. Es el momento perfecto para disfrutar la última canción y no pensar en nada más. Pero no puedo, la inseguridad me gana, ese sentimiento de inseguridad me persigue y no lo digo por vivir en Bogotá.

Falta una cuadra, ya no siento miedo, ya no falta nada, todo está bien. No sé si las personas perciben esa inseguridad en mi. Trato de creer en mí, confiar en mí, pero no es tan fácil. Esa inseguridad no la siento por estar sola en la calle, la siento constantemente. No soy lo suficientemente inteligente, bonita, querida. Tiendo a compararme, a decirme, porque no soy como ella. Debería parecerme más a ella. Pero recapacito, me doy cuenta que así estoy bien. Pero lo vuelvo a olvidar.

 

Sofia Stocker