Lo que esconde la mirada misteriosa


Hay personas memorables cuya sola presencia deja una impresión particular producto de su radiante misterio. Esta impresión no es necesariamente grata, a veces desconcierta. Se graba en la memoria sutilmente, como un rostro que promete tantos reflejos de ideal y que a su vez no revela nada de su fuente, de su ser. Un rostro de mirada descomprometida, que parece perdida, pero es siempre perspicaz, observando con desinterés agudo pero comprensivo.

       A este tipo de personas pertenece Julieta, al tiempo misteriosa y trivial, ideal y banal, hermética por costumbre y no por intención.


“Odio ese ruido de las motos que andan desmierdadas por la avenida”, piensa ella, mientras va concentrada en el suelo evitando pisar las líneas de un anden roto hasta el paramento. Un juego un poco extremo considerando además que era un anden adoquinado con ladrillos.

“Odio a sus jinetes ilusos que parecen creer que producen emoción o siquiera envidia. Ojalá agarren un hueco de esos que abundan y se les acabe el show compensatorio de ego…”

“…Puta, ¡debería dejar de decir: odio esto, odio aquello! Si me doy la libertad de odiar así, algún día me lo creeré. Que flojera odiar. Odian los que tienen el tiempo para hacerlo.”

Julieta venía de mercar un par de cosas esenciales para los días en que iba a estar sola porque mamá y papá encontraron unos de esos tiquetes en descuento para un vuelo al que tienen que llegar solo con una cartuchera si es que no quieren pagar extra, con destino a algún rincón provincial del país donde había programado un retiro para parejas, pero no recuerdo si era de experiencias tántricas, meditación o una terapia de reconciliación. Como iban las cosas, probablemente eran todas las anteriores.

Cargaba sus dos bolsas de tela favoritas, una en cada hombro. La elección estaba dada, en una, por su estampado, y en la otra precisamente por la ausencia de uno. Menos mal no necesitó más, aunque probablemente tendrá que volver a salir después. Llevaba, entre otras cosas, varias pitayas, Nutella, la botella de vino más barata que encontró, pan tajado y pan rollito, una caja de tés aromáticos (de los finos), dos cajas de spaghettis y dos tarros de salsa para pasta, uno ricota y otro napolitano. También unas moñas coloridas que encontró mientras llegaba a la fila y media caja de cigarrillos Lucky, no porque le gustara fumar sino solo porque le era posible hacerlo, ya que estaba sola.

“Agh. Otra vez me volví a gastar la mayoría de la plata que me dejaron, nunca ahorro nada,” pensó.

Julieta caminaba prefiriendo mirar el piso, con gran esfuerzo, para no verse atraída por la mirada de los otros transeúntes y así evitar cualquier cruce de miradas incómodo de esos que nos reducen a nuestros instintos homínidos jerárquicos, donde cruzar la mirada con el otro significa retarlo. Además, si se dejaba llevar por su mirada seguro tropezaría con alguna de las multiformes trampas que se asoman en los andenes rotos de su bella ciudad. Mantener la elegancia y la compostura la hacían potencialmente torpe.

“¿Es ese El Vecino? (…) Sí, sí que es.”
“¿Será que me cruzo el anden y lo alcanzo ‘casualmente’?”
“Nooo, pero yo con estas bolsas no puedo apurarme más. ¿Por qué camina tan rápido?”
“Ay esos perrotes suyos son muy tiernos.”
“Los tres van con el paso sincronizado, hasta el culo lo mueven igual.”
“…Igual no creo que me salude. ¡Y yo a él menos!”

“Apuesto lo que sea a que nos vamos a encontrar en la puerta del edificio esperando a que el celador termine de mear. No entiendo como hace para sincronizar su meada con la llegada de alguien. Por lo menos cierre la puerta…”
“Aunque no, mejor verlo y saber que está orinando pero que pronto termina, y no pensar que está cagando y que va a tocar quedarse afuera un buen rato esperando.”

Efectivamente, al aproximarse al edificio, El Vecino estaba plantado en la puerta con sus dos perros esperando a que el muy amable pero inoportuno celador abriera la puerta. La suerte de Julieta no cambiaba con respecto a este curioso hecho. Ella pronto lo alcanza, tratando de disimular sus suspiros de cansancio con un aire de desinterés.

—Hola, ¿qué tal?
—Buenas tardes… ¡Hola perritos perrotes bellos!
—Que solazo, ¿no? Estos andaban felices en el parque. Menos mal se cansan rápido.
Julieta improvisa una carcajada de comprensión, y luego dice refiriéndose al celador:
—Siempre que llego está orinando.
—¿Cómo sabes?

Julieta no tiene que decir nada porque pronto El Vecino, profundizando en el interior de la portería logra ver la puerta entreabierta del baño donde se alcanzaba a observar unas nalgas forradas por un pantalón apretado y oscuro, típico uniforme de celador, que se sacudía indicando que ya estaba por salir. El Vecino no puede evitar lanzar una carcajada.

Pronto el celador les abre la puerta y los saluda cordialmente, a los perros primero y luego a los humanos.
—Buenas tardes, buenas tardes. Bienvenidos.
—Buenas tardes Carlitos.
—Buenas tardes Carlos.

El Vecino se dirige derecho a llamar el elevador mientras que Julieta, para evitar seguir conversando y evitar cruzar miradas incómodas, y a pesar de estar cargando dos bolsas pesadísimas, decide coger las escaleras con velocidad. Solo emite un ‘hasta luego’ como despedida.

Julieta suspira y piensa en El Vecino mientras sube las escaleras: “Pues sí es como churro. Pero es más la vibra que exhala que me mata. Su novia también es bellísima, ahí si nada que hacer. Parecen una pareja perfecta. Desgraciada, la odio… no no no, la envidio, que afortunados que deben ser.”

Julieta entra al apartamento y guarda todo lo que compró ordenadamente. En la ausencia de sus padres sí que era una persona organizada y pulcra.

Busca el encendedor y prende uno de los cigarrillos. Inhala, aguanta, suelta. De verdad que no lo disfruta, pero se siente libre haciéndolo.

Su celular vibra. Es un mensaje de número desconocido. El mensaje se explica, es el tipo del viernes pasado, con el cual se besó. El tipo le pregunta inocentemente: “Ey Julieta, ¿cómo andas?” Julieta ahora lo recuerda, aunque el único adjetivo que tiene para describir a este tipo es que era tierno. Le pareció un ser tierno, nada más.

La noche fue divertida, los besos fueron sabrosos, su baile fue excelente, pero eso no le quita lo tierno. Julieta se pregunta por qué acaso él no entendió que solo fue una noche para pasarlo bien y dejarse llevar, pero sin intenciones ni pretensiones. Se culpa un poco, tal vez su actitud fue confusa. Para absolución de él, Julieta fue muy ambigua y poco expresiva a pesar de haber sido ella quien inició el beso. ¿Pero como hacer claro que no iba para ningún lugar?

Fue el misterio en la mirada de Julieta lo que cautivo al sujeto, que después no pudo sacársela de la cabeza, y aún menos cuando ella accedió a darle su celular. Tenía la impresión de su rostro grabado punzantemente.

Julieta reflexiona: “¿Por qué accedí a darle mi celular? (…) ¡No puedo estar haciendo estas cosas, ¡hay que ser clara! Me arrepiento un poco. No, mucho. No tanto porque me haya escrito sino porque ahora tengo que cargar en la consciencia el hecho de que no le voy a responder. Porque no le voy a responder.”

Julieta dejó el celular a un lado y siguió fumando, disfrutando de la soleada tarde en soledad.


Isaac G. L.
Febrero de 2021