Las encuentro y las sueño

Ellas siempre escarcha, con sus peinaditos de tranzas y cintas.
Yo, mueva, holiendo al cigarrillo de mamá.

 

Inteligentes, asertivas, perfectas, participaban en modelos de lal ONU y en el consejo estudiantil. Yo me metí con ellas, queríendome acercar más. Pero incómoda y neotena, me hacía a las sombtras de los árboles del parque para llorar al terminar la reunión.

Algunas veces ellas eran francesasm con brackets si lo recuerdo bien. Y yo fumaba junto a ellas, jincha, hablando un idioma que macheteaba para parecer sofisticada.

Ellas eran serias y robóticas, estudiaban diseño gráfico pero se vestían mal. Yo les acompañaba en casa, y desmenusaba el pollo para el almuerzo junto a sus novios.

También eran misteriosas, complejas e intrigantes. Ver y no tocar, yo no podía subir a sus casas. Pero me llevaban al mismo restaurante medio elegante que llevaban a todos sus demás levantes que querían hacer sentir especiales, y siempre pagaban por mí.

Ellas eran divertidas y espontáneas. Con evillas en el pelo y pantalones amarillos, eran cantantes y yo era la bajista. Como eran fotógrafas, siempre recordaban cómo vestía y lucía en cada toque, y escribían poemas sobre ellos.

A ellas les gustaban los carros también, pero pocas veces podían hablarme mucho de ellos sin distraerse. Huían a su finca por meses, y se olvidaban de todos salvo de su abuelo y las vacas que iban a tender. Yo no me lo tomaba personalmente, sabía que no lo hacían de malas.

A otras de ellas las veía por años pero nunca les hablaba. Las recuerdo por primera vez rodeadas de girasoles, con el pelo oscuro cortado a los hombros. Nunca fuimos amigas, pero siempre las guardaba y pensaba. Cuando las conocí, eran gigantes, y sus narices se endriaban de estar siempre con la cabeza dentro de la neblina.

Yo, fascinada por su magia y frustrada por su inalcansabilidad, las sigo encontrando de vez en cuando. Aún incómoda, aún curiosa, ahora no puedo recurrir sino a soñarlas.