Entre risotto y risotto se asoma dios.

 

Él la mira y decide que lo que siente no es deseo sino amabilidad y caridad, ella lo mira y decide que no le gusta, sino que lo respeta y admira. Ambos cenan en la mesa de la ventana en el restaurante de siempre, esa casa vieja con aires de Bogotá oscura y noventera, la que está pasando la calle de la iglesia. Ahí en la penumbra de ese lugar anciano y polvoriento hablan de todo. Ella: que cómo se levantó; que si María Luz al fin lo llevó al aeropuerto que días; que si necesita que le maneje en semana santa a Oiba o a otro pueblo de por ahí; que compré una virgencita hermosa de Chiquinquirá. Él: que me levanté excelente gracias a Dios; que sí, Maria Luz me llevó que días y me invitó a almorzar; que no, no es necesario, Maria Luz se ofreció a manejar, vamos a ir al socorro; que que bueno mija, me tiene que mostrar esa virgencita, sí, la de Chiquinquirá es la más pura, la más real.

Hablan de todo y se ríen y se miran, y los miran, porque la sotana no pasa desapercibida, y de vez en cuando alguien se acerca a saludar y a ser bendecido. Él se siente como una celebridad y ella como la afortunada acompañante de una. De vez en cuando se tocan por accidente bajo la mesa, se timbran, se asustan y se alejan. Así todos los martes y jueves a las seis de la tarde después de misa, todo está listo para que ellos se sienten, Fernanda, la camarera, ya sabe qué hacer, que a el padre le gusta el risotto y la mesa de la ventana, y manda al chef a que prepare risotto y a los demás clientes prohíbe la mesa, que esa es la mesa del padre, y al decirlo se siente heroica, se siente bien. En esa mesa medio pegajosa de madera comen, hablan, se ríen y se miran. Cuando terminan ella paga la cuenta y se siente dichosa con ello, más cerca del cielo, y así todos los martes y jueves después de misa de cinco ella siente respeto y admiración, el padre come bien, el padre se ríe, el padre siente caridad en su corazón.  

 

Maria.