Extraño ser violeta.

Tú tenías cuarentaicinco y yo veintidós, había algo de hermoso en ello, vencíamos el tiempo, no lo llevábamos por delante, como dos rebeldes que le ganan a la vida, la miran de frente y le dicen: no importa, no importan tus deseos ni tu azar, ni tus lógicas o voluntad, nada nos sobrepasa. Decidimos no hacer caso, abarcar más tiempo del designado, más vida, más lugares, más risa y más llanto, y así, no seguimos ciclos, y así combatimos lo que no entendemos. Decidimos ocupar más vida, pero también más muerte, mientras que tú naces de nuevo yo muero un poco, yo pruebo de lo que no me corresponde y tú comes de lo que ya has comido.

Y me sentía bien con ello, con saborear una muerte ajena y creerme eterna, no sabía que el tiempo nos castigaría por haberlo retado y que tú no eras la muerte que yo buscaba. En nuestra transacción de vida y muerte, el decaer que creí ajeno se hizo propio, con tus agiles manos te llevaste sigiloso mi juventud y la vida no me la quiso devolver.

Tú no eras la muerte que creí encontrar, no eras la muerte de lo sabio, de lo añejo, de lo bello; eras la muerte de la violencia, de lo corrupto, de lo que se pudre y oxida. Me confundí y tomé vinagre en vez de vino. Me confundí, y en vez de robrar fui robada, no me llevé años, ni secretos, ni arte, nada de arte. De hecho, me robaste arte. Tus pinturas se llevaron mi color, me desteñí y el color violeta de mi sexo, de mi libertad, dejó de vibrar como antes, empalideció. El violeta profundo que atrae y penetra se fue, ya no hipnotiza ni atrapa, se volvió sonso y claro, se volvió tinte, se volvió tono, se volvió sombra. Un violeta más gris que violeta, sin capacidad de volver a lo que fue, no se puede desmanchar lo manchado. Hay cosas en la vida que vienen sin reversa, el pigmento es una, yo cambié de color contra mí voluntad, soy un color que no busqué, que no mezclé y que no quise ser.

 

Maria.